¿Quién necesita sacerdotes en pleno siglo XXI?

Sacerdocio

Estando en el Gimnasio, pude notar que alguien me miraba de una forma retante, como queriéndome decir algo. Cuando me volteé a ver, me di cuenta que era un joven que había estado presente en un curso que estuve dictando en una Iglesia.

Comenzamos a dialogar y poco a poco, él me fue hablando de sus dudas sobre la Iglesia. Todo me parecía normal, hasta el momento en que me dijo, que él ya no creía en sacerdotes, y añadió unas cuantas historias que casi me obligaban a darle la razón. De repente comencé a pensar: ¿Quién necesita sacerdotes en pleno siglo XXI? Tal vez esa es la pregunta de muchos jóvenes en los tiempo modernos: ¿Quién necesita sacerdotes cuando tenemos a Britney Spears, Justin Bieber, One direction, Pit bull, Dj Tiesto Dady Yankee o Lady Gaga?

¿Quién necesita sacerdotes, en la era del Iphone, el Ipod, los video juegos o el éxtasis? ¿Quién necesita sacerdotes, en un mundo que nos da mil opciones por hora, cuando tenemos a Discovery Chanel, BET, HBO o MTV que nos diga el sentido de la vida? ¿Quién necesita sacerdotes en una era de luces y ruidos, Facebook, Instagram o Twitter?

Más adelante, nuevas preguntas se hicieron presente en la conversación, y el joven parecía disgustado debido al mal ejemplo de unos cuantos sacerdotes que él había conocido, a lo que yo afirmé, y en silencio pensé: ¿Acaso no es suficiente con los escándalos de Britney Spears, Lindsay Lohan o el ahora presidente Maduro? pero en la medida que la conversación se desarrollaba en medio del bullicio, y de las pesas y maquinas que prometen figuras de ensueño, yo comencé a sentir un fuego que me quemaba por dentro, un celo pastoral que se desbocaba como caballos de rodeo, y quería que aquel joven creyera, pero además quería que entendiera la importancia del sacerdote.

Quería contarle la historia de sacerdotes Santos, quería hablarle de San Agustín con todas sus dudas y búsquedas, además hablarle de José María Escrivá de Balaguer y su gran heroísmo en plena guerra; quería que aquel joven supiera algo de San Maximiliano, aquel sacerdote que durante la segunda guerra mundial dio su vida para que otro hombre tuviera vida y se reuniera con su familia.

Quería hablarle de San Juan Bosco, del Padre Pío y de Juan Pablo II, y quería contar tantas y tantas historias de los héroes de la Santa Iglesia Católica, a los que hoy llamamos: “Santos”, por qué supieron decir SÍ al llamado de Cristo. Sin embargo el tiempo era poco, y él seguía contándome las historias tristes de su propia experiencia. Así que decidí orar, escucharle y luego invitarle a navegar mar adentro y conocer mejor su fe. Pero en el rostro del joven había una duda que no lograba hacerse lenguaje, había una duda que no encontraba respuestas, su rostro, era el rostro de una generación herida que busca algo real, una verdad que se haga experiencia, un ejemplo palpable, una esperanza que no sea efímera, y fue en ese momento que entendí, que yo sería el único libro que él leería para buscar respuestas a su fe, que yo sería el único evangelio, que en ese día él descubriría, que yo estaba ahí en representación de dos mil años de Iglesia Católica, de todos los santos, mártires, misioneros, sacerdotes y monjas.

Yo estaba ahí en nombre de Cristo y su Iglesia, en nombre del pasado, presente y futuro de la Iglesia. Ese momento podría ser eterno, podría definir un universo, un mundo y una vida. En ese momento entendí que yo era Iglesia, era templo, era Cristo, era hermano, era amigo, maestro y alumno, era yo simplemente humano, hijo de un Dios inmenso.

Cuando por fin yo había entendido el lugar que  ocupaba en ese momento, el joven terminó de hablar y me dijo que tenía que irse, porque tendría que trabajar.

Nos despedimos y se fue y yo me quedé con respuestas pre-cocidas que no alcanzaron a convertirse en alimento real de la verdad, me quedé ahí ante las maquinas, ante el bullicio, y seguí haciendo ejercicio. Sin embargo ese día ya no era un día más, ese momento no era un momento más, y yo había sido despertado por una inquietud, movido por una duda ajena, sanado por medio de una queja, que me había dado la luz y fuerza que la coherencia en mi venía buscando. Ahora le quiero dar gracias a ese joven y responder a su pregunta.

Sí, necesitamos sacerdotes en el siglo XXI, necesitamos que alguien nos muestre lo trascendente,  que existe en el día a día y que nos haga visible lo invisible; necesitamos testigos de la verdad y misioneros dispuestos a llevar a Cristo a los más necesitados. Necesitamos sacerdotes que nos presenten a un Dios capaz de encontrar la belleza más allá de un concurso de miss universo o de la belleza latina, más allá de la portada de una revista de modelos, o más allá de las propagandas provocadoras que inundan nuestros medios de comunicación.

Necesitamos verdaderos hombres dispuestos a utilizar todos los medios para llevar a Cristo; necesitamos hombres que con su ejemplo nos enseñen que Cristo es la gasolina de la vida, el wifi con lo eterno, y su mensaje es un texto de salvación. Sacerdotes que se conviertan en la face o cara, del book que es la palabra de Dios, necesitamos sacerdotes que nos acompañen a través de toda nuestra vida con los sacramentos; necesitamos hombres consagrados dispuestos a incorporarse al ministerio de Cristo, y en su nombre perdonar pecados, darnos nueva vida en el bautismo, confirmar nuestra fe, ser testigos del amor verdadero que se compromete y unifica en el matrimonio, estar a nuestro lado cuando la enfermedad llega o incluso cuando nos despedimos de este mundo.

Hombres célibes que entienden por celibato no la ausencia de alguien, sino la presencia de Dios, de tal manera que es Dios mismo ese alguien, ese complemento, ese otro que impulsa a fecundar la Iglesia con frutos espirituales; hombres que entregan su obediencia al cumplimientos de las necesidades del cuerpo de Cristo; hombres cuyas posesiones deben ser todos los instrumentos necesarios para la salvación de las almas; hombres que encuentren su descanso en la conversión de los agobiados, en la sonrisa de los tristes, y en el regreso a casa de los marginados; hombres que no conozcan fronteras, ni límites para llevar a Cristo; hombres que tengan la capacidad de sentir el dolor del otro, y no simples turistas del dolor humano. Sí, necesitamos sacerdotes en el siglo XXI.

Estaba tan emocionado describiendo la necesidad de sacerdotes que me perdí en palabras ideales, sin embargo, sentí como si mis manos se frisaran, como si mis dedos se entumecieran en posición de protesta, y de repente recordé que aquellos seres a los que llamamos sacerdotes, no son solamente la materialización de mis ideales o mis presuposiciones del sacerdocio, ellos también son seres humanos de carne y hueso, que necesitan de la oración y del apoyo del resto de la Iglesia.

Este pensamiento lejos de arrebatarme la imagen ideal que había descrito anteriormente del sacerdote, lo que logró fue acrecentarla hasta el límite, pues el mérito se doblega cuando un hombre tiene que superar sus miedos, debilidades, tentaciones y tendencias en la medida que ayuda a otros a superar la de ellos.

Mi admiración se hace más grande cuando entiendo que al terminar la misa dominical, todos nos vamos a compartir con nuestras familias, mientras el hombre sacerdote regresa solo a su casa a prepararse para la siguiente misa. Y en las noches cuando regresamos al hogar después de un día de trabajo fuerte, encontramos una esposa o unos hijos, o tal vez una madre y unos hermanos, mientras tanto el sacerdote hombre y ser humano, llega a su hogar el cual estará en silencio, sin la risa de los niños que corre y juegan, sin un abrazo de alguien que confía ciegamente en él y le llama papá; sin una esposa que le escuche y comparta con él las dificultades y los logros del día; sin un brazo que le acompañé al poner su cabeza en la almohada.

Al llegar a su hogar, el sacerdote, hombre y ser humano, reconoce en el silencio la voz de un Dios amoroso el cual conoce en lo más profundo de su corazón y consuela sus deseos. Un sacerdote que en la cama vacía que le espera, él recuerda su compromiso de una Iglesia que tiene hambre y sed de Dios; una Iglesia que necesita de testigos fieles y coherentes del amor de Dios; una Iglesia que ora incesablemente por él y por todos sus demás hermanos y hermanas que en ese momento se estarán acostando solos y solas mientras rezan las oraciones de la noche, entregando su vida y su ser a Cristo y al servicio de su Iglesia.

Difícilmente un mundo viciado por el placer, las emociones y los goces momentáneos pueden entender una entrega tan grande. Tal vez en el siglo del internet, las comunicaciones, el bullicio y las luces, no podamos encontrar el amor que se hace vida y realidad en la soledad comprometida de un sacerdote.

Hoy los sacerdotes son más de 450.000 en todo el mundo, de los cuales casi 12.000 son misioneros en zonas selváticas, de conflicto o lugares donde la religión es perseguida o las formas de vida son infrahumanas. El restante trabaja en la ciudad día y noche haciendo a Dios presente en medio de lo cotidiano, convirtiendo lo ordinario en extraordinario, lo finito y pasajero, en eterno y trascendente.

Hoy tenemos en la lista de nuestros santos que han sido imitación de Cristo y han sabido llevar su amor al extremo a 13 apóstoles y sacerdotes, cinco cardenales sacerdotes, 76 confesores sacerdotes, 1.147 obispos sacerdotes, 958 sacerdotes, y la lista continua.

Hoy más que nunca estos hombres llamados entre los hombres para cumplir una función sacerdotal y  necesitan de nuestras oraciones, de nuestras palabras de aliento y de nuestra cooperación para enriquecer y fortaleces sus ministerios. Hoy más que nunca seamos Iglesia, hoy más que nunca unámonos en oración; hoy más que nunca digámosle a nuestros sacerdotes GRACIAS, y oremos para que su ministerio cada vez sea mejor, pero mejor según el modelo de Jesús y las necesidades de este tiempo y de su Iglesia y así podemos decirle al mundo que sí necesitamos sacerdotes en pleno siglo XXI.

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